Las formas genéricas de nuestro discurso[1]
Atender al concepto de géneros discursivos conlleva una reflexión en torno a cuestiones relacionadas con la finalidad y modalidad en el uso del lenguaje. Es decir, entender para qué y cómo hablamos, escribimos y leemos. Estas interrogantes ponen en evidencia cómo este uso está incidido por el fenómeno social y a la vez no solo se trata de formas de expresión sino que también requieren ciertas capacidades para desarrollar estrategias que permitan una correcta comprensión.
René Magritte, L'heureux donateur, 1966
Musée Communal d'Ixelles © 2017, Charly Herscovici
c/o SABAM
La noción de género discursivo
permitiría dos posibles aproximaciones: una como una actividad verbal y otra
como objeto verbal. La primera
acepción permite comprender los géneros discursivos como un uso puntual del
lenguaje que posibilita producir textos con una temática determinada, con una
función específica donde a priori se conjugan una serie de condicionamientos
como el contexto o ámbito social determinado y las selecciones que realiza el
emisor atendiendo a la situación comunicativa.
A su vez, si enriquecemos este
análisis desde la teoría multimodal, podemos disponer de otros factores que contribuyen a una ampliación en la
contemplación de los rasgos más importantes de los géneros discursivos. No sólo
se hablaría de finalidades, diseños y producción, sino que también se
consideran las condiciones de difusión,
la hibridez en su construcción y el rol activo del receptor.
El texto como objeto de análisis
comprende una serie de propiedades que dan cuenta del proceso de realización.
La adecuación permite entender el
texto en su contexto, la intencionalidad detrás del mismo y que finalidad o
meta tiene. (Beaugrande y Dressler)
La coherencia es una de las
propiedades que atiende a la posibilidad de los textos de permitir la interacción
y recuperación de información, en la medida que sea posible atribuirles un
significado. Hjelmslev la define como la ligazón solidaria de las partes entre
sí, como se relacionan los distintos contenidos, temas principales y
secundarios, desde un sentido global a una coherencia local.
La cohesión desde una perspectiva
gramatical implica las relaciones formales entre las palabras de la unidad.
Finalmente,
es posible el análisis del texto como una serie de secuencias que conforman una
estructura para nada homogénea. Esta misma heterogeneidad en cuanto a su
estructura da cuenta de la complejidad como objeto de estudio. Adam (1992) Es
posible, entonces, hablar del texto como una construcción formada de
secuencias, siendo cinco las secuencias modélicas: la narrativa, la
descriptiva, la argumentativa, la explicativa y la dialogal.

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