miércoles, 23 de junio de 2021

 

Las formas genéricas de nuestro discurso[1]

 

Atender al concepto de géneros discursivos  conlleva una reflexión en torno a cuestiones relacionadas con la finalidad y modalidad en el uso del lenguaje.  Es decir, entender para qué y cómo hablamos, escribimos y leemos. Estas interrogantes ponen en evidencia cómo este uso está incidido por el fenómeno social y a la vez no solo se trata de formas de expresión sino que también requieren ciertas capacidades para desarrollar estrategias que permitan una correcta comprensión.

René Magritte, L'heureux donateur, 1966 

Musée Communal d'Ixelles © 2017, Charly Herscovici

 c/o SABAM

La noción de género discursivo permitiría dos posibles aproximaciones: una como una actividad verbal  y otra  como objeto verbal.  La primera acepción permite comprender los géneros discursivos como un uso puntual del lenguaje que posibilita producir textos con una temática determinada, con una función específica donde a priori se conjugan una serie de condicionamientos como el contexto o ámbito social determinado y las selecciones que realiza el emisor atendiendo a la situación comunicativa.

 Hablamos aquí de una “apropiación”. La segunda aproximación, como objeto verbal, da cuenta de características observables que responden al estilo y construcción. Rasgos como estructuras lingüísticas determinadas, un formato y esquemas textuales típicos. En el decir de Bajtín, cada uso de la lengua refleja las condiciones en las que se produce y un formato relativamente estable que organiza su contenido.

A su vez, si enriquecemos este análisis desde la teoría multimodal, podemos disponer de otros factores  que contribuyen a una ampliación en la contemplación de los rasgos más importantes de los géneros discursivos. No sólo se hablaría de finalidades, diseños y producción, sino que también se consideran las condiciones de  difusión, la hibridez en su construcción y el rol activo del receptor.

El texto como objeto de análisis comprende una serie de propiedades que dan cuenta del proceso de realización.

La adecuación permite entender el texto en su contexto, la intencionalidad detrás del mismo y que finalidad o meta tiene. (Beaugrande y Dressler)

La coherencia es una de las propiedades que atiende a la posibilidad de los textos de permitir la interacción y recuperación de información, en la medida que sea posible atribuirles un significado. Hjelmslev la define como la ligazón solidaria de las partes entre sí, como se relacionan los distintos contenidos, temas principales y secundarios, desde un sentido global a una coherencia local.

La cohesión desde una perspectiva gramatical implica las relaciones formales entre las palabras de la unidad.

Finalmente, es posible el análisis del texto como una serie de secuencias que conforman una estructura para nada homogénea. Esta misma heterogeneidad en cuanto a su estructura da cuenta de la complejidad como objeto de estudio. Adam (1992) Es posible, entonces, hablar del texto como una construcción formada de secuencias, siendo cinco las secuencias modélicas: la narrativa, la descriptiva, la argumentativa, la explicativa y la dialogal.

 

 

 

 



[1] Tomado del artículo: Los géneros discursivos y la enseñanza de la composición escrita. F. Zayas

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